Pregón Republicano de la VI Fiesta Republicana

pilar-glez

PREGÓN REPUBLICANO

Sevilla, 11 de febrero de 2017

 He andado muchos caminos, he abierto algunas veredas, he navegado en cien mares y atracado en cien riberas.

Y lo he hecho siempre en compañía de personas serenas, alegres, valientes y osadas. Personas como ustedes, personas con las que compartir una memoria común y con las que construir un “Nosotros”. Un “Nosotros” que, precisamente por ser político, va más allá de la tribu y está cargado de sentido y de futuro. Por eso les agradezco tanto, os agradezco tanto, la compañía y la invitación  a pregonar la República.

Porque la República es precisamente esa polis común que, por el arte civilizatorio de la Democracia, nos convierte en ciudadanas y ciudadanos. Si la tribu nos da identidad, la República nos da entidad.

Tengo que empezar confesando mi emocionada sorpresa. Fue lo que sentí cuando Juan Morillo me invitó a hacer este pregón. Tengo la mala costumbre de preguntarme  el porqué de las cosas. Por qué yo, si no tengo currículo republicano, por qué yo si no tengo fe en las patrias, pero encuentro razones de amor y compromiso en las matrias.

Algunas vueltas le dí en la cabeza a estos asuntos. Leí, releí, pensé, recordé…. Y, aunque la conclusión es individual, me parecía que lo más honesto que puedo hacer es contároslo, que en lugar de una charla historicista y ajena, compartir la reflexión puede ser útil y, desde luego, es más auténtico.

No quiero hablar a los convencidos, vosotros, ellas y ellos han salvado la República manteniendo la memoria. Quiero sumar.

Quiero hablar a las y los indiferentes, a quienes consideran que el republicanismo no es un tema actual o prioritario, a quienes se justifican tras la palabra “situacionista”, a las personas neutrales. Quiero hablar a quienes no tienen currículo republicano. Porque he aprendido que la República no es un currículo: es un itinerario. No es una memoria, es un horizonte. No es una nostalgia de parte, es un paradigma de futuro (amplio, inclusivo).

Y a ese itinerario todas y todos podemos incorporarnos en cualquier momento.

María Zambrano decía en una de las últimas entrevistas que le hicieron a la vuelta del exilio, que en España hay que estar comenzando siempre. Ella se prohibió a sí misma tener nostalgias. Se prohibió ese dolor estéril por el imposible regreso. Porque la nostalgia es devastadora. Se inscribió en el sentir contrario de la nostalgia: se apuntó a la esperanza.

“He caminado siempre hacia el alba, no hacia el ocaso”, decía.  Ella, que sí tenía curriculo republicano. Ella, que fue de los vencidos, de los exiliados, que se bajó del coche en el que viajaba para cruzar la frontera a pie junto a su amigo Antonio Machado, ella entendió que el tiempo de la República no es el ayer, sino el mañana, no se conjuga en pasado sino en futuro.

Entendió que la república no era lo que dejaban atrás, sino “el alba que retoña y vuelve la luz del día”

“Hemos de esperar lo inesperado para tener opción de hallarlo o para responder adecuadamente cuando se presente”, decía María Zambrano.

La esperanza frente a la nostalgia. Buen argumento para indiferentes.

Y la esperanza a partir de la memoria. Porque pese a todos los agoreros, pese a toda la maquinaria del silencio, dura durante el franquismo y edulcorada durante la transición, la memoria venció al olvido.

Fueron precisamente las reivindicaciones de la memoria histórica las que volvieron a situar a la República en el panorama político del presente. Fue ese anhelo de justicia, de dignidad, de derechos humanos. Ese anhelo que iba mucho más allá de la arqueología para recuperar los restos de las víctimas del franquismo.

Es cierto que aún queda mucho por hacer para restituir la honra de las y los vencidos, es cierto que ninguna excavación arqueológica podrá devolverles la voz, pero al menos sí se escucha el eco de sus voces en las gargantas de sus nietos. Y ya no habrá más silencio.

Por eso, frente a la coherencia volátil de los situacionistas que dicen ser republicanos de corazón, pero se adaptan a la monarquía (y a cualquier cosa, supongo), la coherencia rotunda de los vencidos. Su dignidad sin sombras ni dudas como el mejor argumento.

Y, además, la memoria atesorada que habéis mantenido quienes habéis permanecido leales al ideal republicano.

Ambas memorias, la de los muertos y la de los vivos están en la raíz del futuro.

La República es una memoria colectiva. Y Andalucía también. Por eso ambas son  comunidades e identidades políticas.

La república es un tiempo y un espacio. Y Andalucía también.

La república siempre fue una idea de crítica a lo establecido y una propuesta de futuro. Y Andalucía durante la II República estaba construyendo una propuesta de futuro que pasaba por el autogobierno para salir del subdesarrollo. La autonomía era ya entonces una semilla de esperanza.

Hasta que el golpe militar truncó las propuestas de futuro de la República y de Andalucía. Y el silencio lo inundó todo. La España diversa de la República, en la que Andalucía empezaba a ser, fue sustituida violentamente por la España uniforme y uniformada de la dictadura en la que Andalucía sólo tenía la opción de estar.

La memoria de los andaluces fue amputada hasta el extremo de no reconocer su bandera más allá de la enseña de un equipo de fútbol y fue lobotomizada hasta el extremo de pensar que la autonomía fue un invento de la transición. No sólo en lo simbólico y en lo político, en lo cultural, Andalucía también fue desposeída de su identidad.

Pero igual de resistente que la República, Andalucía sobrevivió y lejos de ser una patria con fronteras, se convirtió en una matria con la Humanidad en el escudo, en una comunidad matriz que es, a la vez, el suelo que nos sostiene y el seno que nos acoge. La memoria de la República y la memoria de Andalucía están indisolublemente unidas como ideal cívico, como comunidad que asume la diversidad y la convierte en riqueza.

Pero si la República fuera sólo memoria, esta sería una reunión para el reconocimiento y la melancolía. Y ya hemos anunciado que la República se conjuga con la esperanza.

Para ello, el hallazgo fundamental es el vínculo imprescindible entre República y Democracia. Durante toda la transición, nos hicieron creer que la democracia era una creación ex novo, un sistema recién inventado y sin precedentes.

Cuando despertamos de la ensoñación de la transición, cuando llegó la crisis, el relevo generacional, las nuevas tensiones territoriales y el fracaso de la socialdemocracia. Cuando somos de nuevo pobres y desiguales, descubrimos que la República estaba allí,  que siempre estuvo, pero ahora, además, empieza a abrirse camino como un proyecto de futuro.

Ese nexo entre República y Democracia es esencial. Es el nudo gordiano para incorporar a jóvenes generaciones.

Se trata de un ideal de ciudadanía, de una forma de autogobierno participativo que incorpora nuevos elementos como la sostenibilidad, la equidad, la justicia social, la ecología. Es un compromiso con el bien común. Un futuro en el que las mayoría sociales vuelvan a estar presentes en el diseño de las políticas generales. Es igualdad y fraternidad.

Por eso mañana, cuando llegue abril (o febrero), será de nuevo el tiempo de la esperanza. Con la memoria en la raíz y con este presente de cambios fundamentales.

Ahora que ha quedado atrás la zona de confort de la transición porque es una etapa histórica concluida y porque envejece mal la institucionalidad construida en ese período (no voy a entrar en el vodevil de la monarquía porque estamos hablando de cosas serias). Ahora que podemos diseñar una nueva institucionalidad. Ahora que se abre otra época histórica plagada de incertidumbres: la política ha perdido autonomía y hegemonía frente a los mercados. Ahora que se cuestiona la soberanía popular. Ahora que la socialdemocracia se ha pasado al lado oscuro y la izquierda tiene que repensarse. Ahora que el estado de las autonomías no resuelve las tensiones fiscales e identitarias. Ahora que la democracia está amenazada y tendremos que acudir a defenderla de nuevo en Europa y en el mundo.

Ahora, precisamente ahora la República se plantea como paradigma de futuro. Esperanza, memoria y democracia.

Y eso lo sabéis las y los convencidos. Y muchas y muchos que no lo considerábamos prioritario, lo hemos aprendido. Y lo sabrán los indiferentes, y los situacionistas y los neutrales. Porque los vamos a sumar.

Mañana, cuando llegue abril (o febrero)

Para eso, empuñamos la ética de la alegría, la alegría laica que aprendimos, entre otros, de Blas Infante que, como buen heterodoxo, fue muchas cosas a lo largo de su vida, pero en todas ellas fue siempre republicano.

Por eso yo también me incorporo al itinerario de la República. Porque sé que en la República cabe una Andalucía de mujeres y hombres libres.

Y sé y sabemos que no volverán nunca los viejos abriles, pero que siempre habrá un nuevo abril (o febrero)

Abril de nuevo. Abril para vivir.

Salud y República.

 

Pilar González

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