Las Arenas 1941: un ‘campo de exterminio’ a las puertas de Sevilla

Maria Serrano – andaluces.es

DSC_1138Muchos de los octogenarios del pueblo recuerdan en La Algaba (Sevilla) aquel campo donde vivía Baltasar. En su memoria oral quedaría grabada para siempre una frase: “Eres más malo que Baltasar”. Aquel hombre foráneo, de gesto serio y agresivo, era el primer director del campo de concentración de las Arenas, ubicado en este municipio sevillano. “Un verdadero campo de exterminio”, relata María Victoria Fernández Luceño, investigadora de este lugar. Terminada la guerra, el régimen quiso matar de hambre a la población mendiga de la ciudad de Sevilla creando un verdadero campo de concentración para vagos y maleantes. Fernández recuerda que “más de la mitad de los prisioneros murió en aquel paraje, donde no les daban apenas alimento ni permiso de salida”. El ayuntamiento de la localidad ha iniciado la exhumación de los restos de las posibles 144 víctimas de esta barbarie en la zona del antiguo cementerio.

María Victoria escribiría en el año 2003 el libro ‘Miseria y represión en Sevilla’, permitiendo que saliera a la luz el primer campo de exterminio que había existido en Andalucía. Entre el año 41 y 42 este campo funcionó “por la necesidad de dar albergue y trabajo a los mendigos reincidentes para retirarlos de la calle y así evitar las enfermedades infecto-contagiosas que podían propagar”. Esta historiadora se quedó atónita con cada nueva ficha que abría en el archivo histórico militar de Sevilla. “Muchos de los que acabaron en este campo venían de otras zonas donde la guerra había durado mucho tiempo. Sin apenas nada para subsistir, eran detenidos en plena calle y trasladados al campo después de haber pasado un tiempo en el albergue de transeúntes”, relata.

Amalio Rubio, director del albergue, daba antes del traslado estos datos sobre el estado deplorable en el que llegaron “125 individuos (…) haciendo constar que entre ellos vienen 10 individuos con sarna ulcerada y uno de ellos en estado bastante grave de inanición. Quedando 45 menos. Si envían las 45 mantas y los 45 colchones pueden enviar también al mismo tiempo 45 individuos más”, escribía.

MUERTOS DE HAMBRE

La excusa en aquella primera etapa de la dictadura era que la capital no se convirtiera en una zona donde hacer de la mendicidad una profesión. Fueron los propios presos los que día a día se encargaron de “montar unas dependencias muy simples” que les permitieran resguardarse del frío. Sin embargo, las malas condiciones higiénicas, de alimentación y la falta de abrigo aumentaron de forma elevada la mortandad. La consulta de los expedientes de la época demuestra que en las Arenas moría una media de 14 personas al mes, con una estimación del 50% de los “reclusos del recinto en tan sólo once meses”.

Jose Manuel Velázquez, técnico de Historia del ayuntamiento recuerda que en La Algaba también era conocido el caballo blanco de Baltasar. “Muchos vecinos divisaban a lo lejos como iba a la rivera, ya fuera verano o invierno para bañar a los presos”. Esto provocaba que muchos de ellos murieran, a causa de las bajas temperaturas, de enfermedades como la bronconeumonía.

Distribución del campo de las Arenas.

El plano de este campo distribuido entre tres fanegas de tierra tenía los dormitorios en el centro con dos patios de recreo y muchas zanjas. En las esquinas se había excavado un pozo, gracias a la labor de aquellos presos que, raquíticos, acudían en pleno invierno con monos de tela azules a realizar todas las tareas, como en los mismísimos campos nazis.

A pesar de que no cumplían el perfil habitual de presos políticos, tenían las mismas medidas represivas y de falta de libertad. Es por ello que María Victoria apunta que para salir de aquel lugar era necesario tener un “certificado de buena conducta y recomendaciones de personas del régimen, como fue el caso del detenido Juan Cano Albacete, jornalero con 24 años de edad. El informe de conocidos falangistas de la zona hablaba de este joven como una “persona de inmejorables antecedentes, tanto en el aspecto moral como en el político, gozando de grandes simpatías en la localidad por su conducta honrada y buen proceder”. Sin embargo, en sus informes Baltasar lo calificaría de “enfermo de tuberculosis y degenerado”.

SALIENDO DE LA FOSA

A las puertas del antiguo cementerio de La Algaba crearon una fosa que permitió enterrar los restos de los desventurados presos. La estampa llegó a ser tan macabra que aún muchos vecinos mayores recuerdan cómo algunos llegaban vivos al cementerio. Velázquez relata que “allí los remataban o incluso por la noche salían si tras echarlos en la zanja y con las fuerzas que les quedaban conseguían salir de allí”. Los 144 cuerpos que podría albergar aquella fosa tendrán pronto una plaza de homenaje. De aquel sombrío lugar solamente en pie algunos muros devorados por la incuria del tiempo.

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