Las fosas que nunca verán la luz

Antonio Jiménez Cubero, que relata en su nuevo libro la represión que sufrieron las mujeres en Cazalla de la Sierra, recuerda también a las víctimas enterradas en fosas que fueron destruidas o tapadas para siempre. En ese pueblo, además de la recientemente exhumada, hay tres. Una de ellas, bajo lo que hoy es un instituto

Olivia Carballar – andaluces.es

antonioA Antonio Jiménez Cubero, de 58 años, todavía le tiembla la voz cuando recuerda los crímenes que se cometieron en su pueblo: Cazalla de la Sierra. “Aunque parezca mentira, después de muchísimos años de investigación, me sigue costando trabajo hablar del horror, de la violencia que se produce en mi pueblo a partir del 12 de agosto de 1936, una historia de infamia, de dolor, de vergüenza”, dice a medio camino entre la rabia y la tristeza, entre un puñado de gente ansiosa por saber qué ocurrió aquellos días. Es la presentación de Crónica Local de la Infamia. La represión franquista de las mujeres republicanas de Cazalla de la Sierra, la segunda parte de Con nombres y apellidos (2011), una investigación que pone rostros -y verdad- a aquella barbarie.

“Yo pensaba que la cifra no iba a cambiar, pero estaba muy equivocado”, admite ante la atenta mirada de una niña de diez años, Paula, que ha acudido junto a su madre a la presentación de la investigación, en la librería El Gusanito Lector, en la céntrica calle Feria de Sevilla. Los 1.203 represaliados documentados en el primer libro han superado ya los 1.800 nombres con su nuevo rastreo de documentos y testimonios. “No sólo se ha visto incrementada la cifra global en casi un 40%, sino que en el caso concreto de la represión sobre el colectivo femenino, el aumento ha sido del 70% con respecto a la relación de víctimas que publiqué en el primer libro, algo más de cien”, explica el autor. Y quedan muchas más que nunca verán la luz.

Antonio Jiménez se refiere a las víctimas enterradas en fosas que fueron destruidas o tapadas para siempre. “En la fosa común que se ha excavado recientemente en Cazalla se han exhumado 109 cuerpos, entre ellos 22 mujeres de entre 18 y 63 años. Pero no es la única que existe en el cementerio. Hay dos fosas más. Lo sé por testimonios orales de personas que estuvieron trabajando en las obras y que ya no va ser posible exhumar”, aclara el investigador. Paula sigue observándolo atentamente. “Sobre una de ellas se construyeron nichos en los 80. Y la otra estaba adyacente al muro oeste del cementerio. En el 85, en unos temporales se cayó la pared, y para hacer la restauración metieron una pala excavadora. Aparecieron restos y algunos con orificios de bala en la cabeza“, continúa Jiménez.

Según el historiador, existe además otra fosa bajo lo que hoy son las instalaciones de un Instituto de Educación Secundaria, el antiguo cementerio del Carmen. “Esto es más penoso. Eso se hizo en el 87. Según el testimonio de una persona que acaba de fallecer en Cazalla, que estuvo trabajando allí en las tareas de cimentación, había más de 40 cadáveres enterrados y casi todos con signos de violencia. Eso se tapó gobernando entonces Callaza un Rodríguez de la Borbolla, hermano de un presidente de la Junta”, denuncia. “Con lo cual, hay una gran diferencia entre las cifras de restos exhumados y las víctimas que hay realmente. Según sus cálculos, en Cazalla puede llegar a haber unas 340 personas asesinadas. “De las cunetas, ya es imposible hablar”, concluye el historiador.

LAS MUJERES

Antonio Jiménez documenta los casos de 198 mujeres represaliadas. De ellas, 49 fueron asesinadas; 102, encarceladas -la mayoría entre 1939 y 1940-; 8 se fueron al exilio -aunque maneja 40 nombres más, pero no las tiene documentadas-; y 9 fueron depuradas de empleo y sueldo, entre ellas Casimira de Haro Espejo, una profesora de latín. “Fue expulsada de la enseñanza. Sólo a principios de la democracia, en el 79, pudo acceder a su plaza nuevamente y estuvo dos años dando clase”, cuenta el investigador. Manuela Romero Bogayo era limpiadora de los grupos escolares. Asesinaron a su marido y a ella la expulsaron de su trabajo con siete niños.

El resto de represaliadas son desaparecidas, es decir, personas de las que el investigador tiene constancia que vivían en el pueblo en julio y agosto de 1936 y nunca más se supo de ellas: “Probablemente muchas acabaron asesinadas porque forman parte de núcleos familiares duramente represaliados. Sólo me he encontrado un caso en el que una mujer me dijo que su abuela vivía en Pamplona”.

Antonio Jiménez recuerda el siguiente pasaje de Pura Sánchez en su libro Individuas de dudosa moral: “Los represores no trataron nunca de aniquilarlas, de acabar con todas, sino de infligirles castigos ejemplares tanto por su crueldad como por la selección de las víctimas. Y ello porque a sus ojos, las rojas habían realizado una doble trangresión social y moral que no podían permitir. Por eso no no sólo fueron juzgadas y condenadas por ser rojas, un hecho político, sino por haberse atrevido a ocupar un espacio público y social que no les pertenecía, la política. Y por haberse desnaturalizado como mujeres abandonando los preceptos morales cristianos que según ellos eran inherentes a su condición”. Y eso es lo que el investigador ha constatado en su pueblo: “La mayoría de represaliadas lo fueron por ser hijas de, hermanas de o compañeras de; o por haber tenido algún nexo familiar como las criadas del servicio doméstico que trabajaban en casa de, por ejemplo, el señor alcalde”. O por pedir sus derechos, como las mujeres que pertenecieron al Sindicato de Empleadas del Servicio Doméstico de la CNT. Entre otras cuestiones, reclamaban jornadas de siete horas o, en caso de accidente, cobrar el jornal mientras durara la lesión. Por eso fueron represaliadas.

“¿Hay todavía miedo?”, pregunta Esperanza entre el público. “Mucho”, responde el historiador, que no sabe si algún día verá en el callejero del pueblo el nombre de algunas de estas mujeres. De momento, algunas calles aún conservan el nomenclátor franquista. “Qué duro”, concluye Paula, que ahora sí mete prisa a su madre porque tiene hambre.

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