Orgía cortesana en una España sin rumbo

Escrito por Amadeo Martínez Ingés / UCR 

Patética entrevista de fin de reinado

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Esto se acaba, amigos. La historia llama perentoriamente a la puerta de La Zarzuela y muy pronto los ciudadanos españoles vamos a tener que ser protagonistas de un verdadero cambio político y social en este bendito país de la “modélica” transición y la democracia sobrevenida (¡vaya democracia!). Cambio, que si Dios no lo remedia y pronto, nos va a pillar a todos en muy baja forma, con una mano delante y otra detrás, sin un duro en los bolsillos, arruinados, deprimidos, descreídos, cabreados hasta el infinito, hartos de una clase política supercorrupta y en trance de romper la convivencia nacional que bien o mal (más mal que bien, es cierto) y, desde luego, con el poder de turno usando a mansalva el coercitivo procedimiento nada democrático del “manu militari”, ha venido funcionando en esta vieja piel de toro ibérica desde que Isabel y Fernando, allá por el siglo XV, tuvieron la peregrina idea de introducirnos a todos los pueblos que en ella habitamos en el mismo saco imperial.

Bueno, pues a lo que íbamos. Nuestro rey actual, el borbónico Juan Carlos I (un monarca, como todos sabemos, sin ninguna legitimidad y salido directamente de la entrepierna decisoria del mayor autócrata que durante siglos ha conocido España) a sus setenta y cinco años recién cumplidos aparece ante nuestros ojos totalmente lisiado, acabado, chocho, alicaído, enfermo, viejo, incapaz de construir una pequeña frase de diez segundos aunque conozca la pregunta y ésta se la formule el príncipe de los periodistas/cortesanos españoles, señor Hermida,… inhábil, por lo tanto, para cumplir con las obligaciones propias de su alto cargo (que no son muchas, evidentemente) máxime teniendo en cuenta el momento tan complicado y difícil en el que nos desenvolvemos los españoles desde hace ya más de un lustro. Y, parece ser que todo esto él lo sabe, se ha dado ya cuenta de que su tiempo histórico se le está terminando a marchas forzadas y ha iniciado (aunque en el transcurso de la famosa entrevista de “los dos vejetes” con su coetáneo Hermida soltara perogrulladas sin cuento como aquella de que “se encuentra en plena forma” y dispuesto a seguir) su particular despedida del pueblo español. Sin reconocerlo abiertamente, claro.

Algunos hechos y decisiones recientes suyas así lo atestiguan. Como, por ejemplo:

– Su frenética y alocada agenda personal de los últimos meses que le ha llevado a viajar compulsivamente de un lado para otro del planeta (Cumbre Iberoamericana de Cádiz, India, Chile…) en búsqueda permanente del perdido reconocimiento de sus vasallos, escandalizados por sus frivolidades y su vida disipada, y que no ha hecho otra cosa que perjudicar su endeble salud.

– La reordenación precipitada, ejecutada recientemente, de la llamada “familia real”, potenciando hasta extremos increíbles la figura del heredero (muy leal, muy preparado, muy inteligente, muy profesional, muy amante de su patria…), despreciando olímpicamente el círculo más contaminado de la misma (Urdangarín, Cristina) y relegando hasta el olvido histórico y familiar tanto a la infanta Elena como a la muy profesional y repudiada reina Sofía.

–   Su último discurso de Nochebuena en el que los pocos españoles que lo siguieron por televisión pudieron apreciar, una vez más, su apatía, su cansancio y su deterioro físico y mental creciente, a través de una impresentable puesta en escena televisiva impropia, a todas luces, de un acto institucional protagonizado por todo un Jefe del Estado.

– La contraproducente campaña de imagen montada desde los servicios de comunicación de La Zarzuela, puesta de relieve en la celebración de su reciente 75 aniversario con la servil entrevista dirigida por el señor Hermida a la que antes hacía referencia, seguida de un vomitivo reportaje hagiográfico de TVE en el que 25 viejas glorias de la sociedad civil española rivalizaron en regalarle a su señor el mayor y más llamativo “lameculazo regio”.

– La asistencia, con muletas, haciendo el ridículo y jugándose materialmente el tipo, al “teatrillo castrense” de la Pascua Militar, al que los más afamados “barrigas castrenses” del Ejército español acuden uniformados con sus bandas y sus medallas (no conseguidas en guerra alguna) para oír a su comandante en jefe y a su ministro y que, en esta ocasión, había suscitado mucho interés entre los jerarcas asistentes (con varias porras de por medio y todo) para ver quien era capaz de acertar con el segundo “S” del minuto “M” en el que el “monarca de pies de titanio” (no de barro) acabaría desplomándose en el suelo fulminado por sabe Dios que rayo republicano.

– Y para terminar, que no quiero ser exhaustivo ni cansar al personal, la aceptación por parte de La Zarzuela (un idílico lugar en el que en estos momentos no habita nadie al que le llegue la camisa al cuerpo) del, por otra parte, evidente retraso en la recuperación locomotora de su vetusto rey, que todavía no puede sentarse en un sofá como Dios manda y tiene que hacer virguerías continúas moviendo su trasero por mesas y altas sillas de oficina para no crujirse otra vez una (o las dos) de las caderas de titanio.

Pues, estimados amigos y todavía vasallos del vejete rey que sigue ocupando erre que erre la Jefatura del Estado español, como os decía antes y ante la más que probable (aunque él lo desmienta) próxima retirada regia (menos probable por inhabilitación, más verosímil por abdicación) pronto nos vamos a encontrar los españoles ante una encrucijada histórica y política de dimensiones gigantescas. Que va a resultar muy difícil de gestionar por nuestros actuales dirigentes políticos (que no están por la labor, atrincherándose en la obsoleta Constitución del 78) al coincidir, presuntamente, en el tiempo y en el espacio, con el enrevesado y difícil órdago democrático catalán. Que sigue ahí, incólume, geoestacionado sobre el negro cielo de la España autonómica y que cada día que pasa achica más los cataplines (huevos, en castellano desahogado; testículos, en román paladino) del señor Rajoy y sus mariachis. Encrucijada histórica, como digo, difícil donde las haya, propia de estadistas avezados y que presenta dos importantísimas vertientes (una dinástica, otra política) a las que tendrá que prestar mucha atención con toda seguridad, más pronto que tarde, el actual Gobierno del Partido Popular liderado por el inefable, conspicuo, indeciso, dialogante, prepotente… señor Rajoy. Que se las va a ver y desear para gestionar adecuadamente semejantes desafíos ¡Sería un milagro que supiera hacerlo!

Veamos, pues, vasallos españoles que no queréis serlo, cuales son estas dos importantísimas cuestiones nacionales (verdaderos problemas históricos en suma) a las que va a tener que meter el diente el Ejecutivo del Partido Popular (a él le va a tocar en suerte si no se escapa antes) y, con él, el pueblo soberano que, sabiendo lo que se juega esta vez, no se va a dejar engañar de nuevo por la pseudemocracia de corte franquista establecida en este país en 1977, ni por la extrema derecha pepera que nos gobierna. Que sí, hombre, que sí, que ocupa legalmente el poder, nadie se lo discute (por el momento) pero conseguido a través de una muy discutible ley electoral hecha a la medida de los grandes partidos “nacionales”, de unas nada democráticas listas electorales cerradas y bloqueadas (nadie ha elegido con sus votos al señor Rajoy para presidente del Gobierno, lo han elegido sus conmilitones), y con una brutal crisis de amplio espectro (económica, financiera, política, institucional, social…) confundiendo las mentes y las papeletas de millones de honrados demócratas.

Estas dos importantes cuestiones, estos dos grandes y graves problemas nacionales (llamémoslos por su nombre) son los siguientes:

1º.- La continuidad o no de la monarquía a corto/medio plazo.

Es decir ¿Qué forma política (Monarquía o República) quieren los ciudadanos de este país adopte su Estado cuando el actual rey, seguramente a corto plazo, adopte la suprema decisión de declararse inhábil (ya lo es) para el cargo que ostenta, abdique o fallezca?

La solución “legalista y constitucionalista” que en estos momentos baraja el Ejecutivo del señor Rajoy de, escudándose en la obsoleta Constitución del 78 (que él dice, con una miopía política digna de encomio, que sirve para otros diez años más), dar por sentado la continuidad de la monarquía y proceder automáticamente a la coronación del heredero, Felipe de Borbón, es, además de inviable e inaceptable a día de hoy en el marco de una sociedad democrática y avanzada como la española, totalmente peligrosa y fuera de lugar. El pueblo español, en 1977, se vio obligado a aceptar esta Constitución, que no se había leído (prácticamente, no le dejaron) y que le fue impuesta por el poder franquista del momento apoyado en los tanques y los cañones de la División Acorazada “Brunete”, acuartelada en las afueras de Madrid. Y en la que, de matute, entre cantos a la libertad y a la democracia (falsas, como luego se ha visto), metieron la monarquía impuesta por Franco, divina, inviolable y, encima, blindada para los restos.

En esta ocasión, el pueblo español ni se va a dejar engañar ni va transigir con un trágala semejante. Olvídese de la “coronación automática”, señor Rajoy, por muy legal y constitucional que pueda parecer. Este acto sería tomado, y así lo será si se produce, como un acto ilegítimo, prepotente, hostil, antidemocrático, dictatorial, una línea roja traspasada unilateralmente por el Gobierno despreciando olímpicamente el sentir del pueblo soberano que es mayoritariamente republicano. En resumen ¡entérense los señores del Gobierno! un “casus belli” en toda regla para los millones de ciudadanos de este país que ansían el cambio, el verdadero cambio, hacia “una verdadera democracia”. La republicana, por supuesto.

Por todo ello, es muy urgente que el poder realice cuanto antes una consulta al pueblo español (por favor, que los catalanes puedan votar también aunque quieran separarse de este engendro de Estado de las Autonomías con capital en Madrid) para que éste pueda manifestarse de una vez por todas si quiere seguir (después del rey cazador) con la monarquía que nos regaló Franco en 1969 o prefiere una III República. Y en este caso, si la quiere centralista, federal o confederal. Algo muy necesario, como vamos a ver a continuación.

2º.- La resolución definitiva del caos territorial de España, de la cohesión del Estado, de las relaciones políticas entre los distintos pueblo y naciones que en la actualidad conforman este obsoleto “Estado de las Autonomías” y que recientemente ha vuelto a poner de actualidad (no creado) el desafío democrático soberanista catalán.

El gran problema de la cohesión territorial y política de España viene de lejos, nunca se ha resuelto satisfactoriamente y ahora, con toda valentía, lo han vuelto a poner sobre la mesa las fuerzas políticas catalanas. Ellas no lo han creado, evidentemente, por mucho que los cancerberos del sistema así lo propalen, aunque sí lo han activado, lo han puesto de actualidad, aprovechándose, sin duda (algo legítimo), de una situación estratégica y política favorable. Y en esta ocasión, o lo resolvemos de una vez o nos puede estallar a todos entre las manos.

En relación con este importante tema, me voy a permitir formular algunas consideraciones muy personales antes de presentar para todos ustedes, asombrados ciudadanos españoles que en estos momentos viajáis en un barco sin rumbo, la única solución que como demócrata, historiador, escritor, investigador castrense, analista político y republicano de pro, considero viable para enderezar la derrota de este barco nacional que navega directo a la catástrofe.

La reclamación soberanista catalana, formulada ante el resto del Estado español por vía pacífica y democrática, se presenta a día de hoy como totalmente incontrolable y, menos aún, como susceptible de ser anulada por parte del Gobierno español en el marco político y social del actual Estado de las Autonomías y dentro del contexto continental europeo en el que está integrada España. El Estado se encuentra prácticamente inerme ante este “hecho democrático catalán” al no disponer de medios adecuados para neutralizarlo o desarmarlo convenientemente, pues los que tiene (los internos legales contemplados en la Constitución del 78) no le servirán de mucho si el Gobierno y el Parlamento catalanes, después de consultar al pueblo y obtener de él un amplio respaldo mayoritario, decidieran finalmente declarar a Cataluña como Estado soberano y solicitar su permanencia futura en la UE, no su integración porque ya está en esa Unión de Estados soberanos europeos como una Región Autónoma dentro del Estado español actual.

Solicitud, no nos engañemos, que le sería concedida a muy corto plazo en contra de lo que proclaman a los cuatro vientos los corifeos y tertulianos del PP que auguran para Cataluña años de travesía del desierto en pos de esa integración. ¿Pero alguien puede creerse de verdad en este país y en estos momentos, con la que está cayendo en la desmejorada UE, que Europa, con Estados tan poco proclives históricamente a las tesis de España como Francia, Reino Unido, Holanda o, incluso, Alemania, iban a dejar a la intemperie política y social durante años a todo un pueblo europeo como el catalán, culto, rico, trabajador, emprendedor, con un PIB superior sensiblemente a la media del continente y con una joya del Mediterráneo (Barcelona) como capital?

¿Y qué medios legales podría exhibir el Ejecutivo español para poder parar la secesión? Ninguno efectivo, pues tanto el Gobierno como el Parlamento de Cataluña y todas las fuerzas políticas y sociales comprometidas con la independencia, tendrían en su haber unos muy “poderosos” poderes: las urnas, los votos, el talante de paz y concordia del pueblo catalán en su conjunto y, sobre todo, la palabra mágica que todo lo puede en un Continente que ha hecho de ella su religión y su suprema doctrina: La democracia.

Y en estos momentos, tampoco le serviría de nada al Ejecutivo español el Ejército. Que sí, que efectivamente ha sido el arma todopoderosa esgrimida durante siglos por los estúpidos reyes borbónicos, absolutistas o pseudemócratas, para detener en seco las ansias de libertad no solo de la nación catalana sino de algunas otras obligadas también a degustar por la fuerza el “para todos café” cocinado desde la meseta castellana. Ahora no estamos en los años setenta del pasado siglo cuando los militares españoles eran muchos y, encima, golpistas. En la actualidad en España hay muy pocos militares, no tienen ni medios, ni armas modernas, ni dinero, ni moral, ni soldados, ni son golpistas (salvo algunos descerebrados que siempre los hay en todas las formaciones humanas)…y, además, están muy entretenidos con los talibanes en Afganistán, a las órdenes del imperio USA. O sea, que en estos momentos no hay “Brunete” que valga, ya me entienden…

Total, amigos, y termino, que ante este panorama político que se nos presenta, y se le presenta sobre todo al Gobierno español, la única solución viable, plausible, realizable, capaz de enderezar el perdido rumbo de este país al borde de la desintegración total pasa por ir con toda urgencia (el Gobierno debería empezar ya a hablar y negociar con todas las fuerzas políticas, nacionalistas y no nacionalistas, antes de que se sumen al guirigay nacional los vascos, los gallegos, los andaluces, los valencianos, los baleares, los canarios…o sea todo dios menos el nudo gordiano castellano) hacia una futura Confederación Ibérica de Estados Soberanos. Por supuesto, dentro del marco republicano. No hay otra solución a día de hoy. Les doy mi palabra. Porque si seguimos mucho tiempo mareando la perdiz, inmersos en la suicida política del avestruz de la que hace gala este indeciso Gobierno del señor Rajoy, corremos el peligro cierto de acabar en el abismo de una explosión política incontrolada. Y a no muy largo plazo, por cierto. Con unas cuantas naciones ex españolas integradas por libre en la Unión Europea y unos cuantos territorios huérfanos y cantonales pidiendo árnica al SAMUR europeo de la señora Merkel.

¡Por favor, políticos corruptos e incompetentes de este país! ¡Hagan algo antes de que sea demasiado tarde! Siempre será mejor unirnos un poquito para el mañana los que en la actualidad vivimos de espaldas, que romper abruptamente los pocos lazos que todavía permiten mirarnos a la cara. ¡Y olvídense de prepotencias y autoritarismos! O la historia les pedirá cuentas. Seguro.

Amadeo Martínez Inglés es  coronel del Ejército, historiador y escritor

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