Izquierda = Solidaridad

José Luis de Zárraga – Público.es

Libertad, igualdad, fraternidad”, el lema que acuñó Robespierre, fue desde el principio una fórmula coja. Ya en Termidor, junto a la cabeza de aquel, se amputó al lema su tercera pata contrahecha, aunque luego la recuperara la República a efectos retóricos. Su cojera de nacimiento explica que el término “fraternidad” se haya evaporado en la historia, quedando de la tríada original sólo la pareja “libertad-igualdad”.

¿Por qué es cojo el lema revolucionario? Por la heterogeneidad de sus términos. En cada término habría que pensar el efecto político -la norma, la acción- y el fundamento ideológico -el argumento, el discurso-. Libertad e igualdad denotan el efecto político; fraternidad, el fundamento ideológico. Libertad remite a las libertades civiles; igualdad, a los derechos universales; pero a lo que remite fraternidad queda oculto, el término no lo hace explícito (más bien lo esconde con su engañosa transparencia).

Las libertades civiles son un efecto político -efecto en la constitución de la sociedad-; su fundamento está en el reconocimiento de la igualdad de las personas: si todas las personas son iguales, ninguna puede imponer a las demás su voluntad, todas son libres y sólo el compromiso social libremente adoptado les obliga. Asimismo, la universalidad de derechos es también efecto político del principio igualitario: su efecto en las condiciones de vida social, los derechos que, por ser iguales, reconoce la sociedad a todos.

“Los seres humanos nacen libres e iguales” es una fórmula equívoca que remite lo que es político a la naturaleza. No se nace libre; ni esclavo. La libertad es una consecuencia política de la igualdad. El fundamento de la Declaración de Derechos y Libertades es el reconocimiento de la igualdad. Y esa es la revolución radical, la mutación histórica de 1789, que cambia de raíz la constitución de la sociedad y representa la ruptura con cualquier otra sociedad anterior, constituidas siempre sobre el principio de desigualdad.

Pero la igualdad como fundamento es también una afirmación ideológica, no una constatación objetiva. No es cierto que los seres humanos nazcan iguales (ni en sexo, ni en raza, ni en condiciones físicas…), aunque para la sociedad sean iguales desde su nacimiento. Su igualdad es una asunción ideológica que pasa por borrar la pertinencia social de aquello que los diferencia y de afirmar la identidad y equivalencia de todo ser humano en cuanto miembro de la sociedad. La igualdad fundamental es producida por la sociedad que se funda sobre ella.

“Fraternidad” es la pata del lema revolucionario que cojea, porque mientras que “libertad” e “igualdad” hablan de sus efectos políticos, las libertades y los derechos universales, “fraternidad” se queda en expresión ideológica, muy controvertible además. Pronto la nueva sociedad, bajo la hegemonía burguesa, prescindió de ella para consolidar la díada que parece caminar firmemente sobre sus dos pies.

Ese tercer término amputado en nuestras democracias es sin embargo fundamental porque es lo que define la izquierda. Hay que restaurar la tríada mutilada, dando a su pata coja lo que le falta: el término que exprese los efectos políticos a los que remite. Se hizo en 1848, y en 1871, en la Comuna de París, y en las Internacionales. Los efectos políticos del emblema ideológico de la fraternidad se expresan con el término “solidaridad”. La ideología de la fraternidad es el fundamento de una sociedad constituida sobre el principio de la solidaridad: la sociedad comunista -en el sentido originario-, la sociedad de la comunidad de bienes, organizada sobre el principio del bien común (en oposición radical a la sociedad de la competencia, del interés privado o de la casta o la clase social).

La “fraternidad” se funda también en el reconocimiento de la igualdad. La relación con ese fundamento es metafórica: todas las personas, al reconocerse iguales, son como hermanas. De ello se sigue la solidaridad como principio social constitutivo: solidaridad entre los miembros de la sociedad en la distribución de cargas y bienes.

Al nombrarla “fraternidad”, no debe confundirse la solidaridad con la caridad ni con la compasión. Caridad y compasión son sentimientos que no remiten a la organización de la sociedad o al sistema económico, ni los cuestionan, sino a las relaciones entre las personas. El capitalismo más insolidario puede pretenderse compasivo. La caridad con el hermano puede compatibilizarse con la explotación económica. Es cierto que, a algunos cristianos, quizás más fieles al espíritu de su profeta, el amor al prójimo puede llevarles a la solidaridad. Pero esa es otra cuestión: la de qué lleva a la gente a posiciones de izquierdas. La izquierda no se define por la caridad, aunque esta pueda llevar a alguien a la izquierda.

Por esta identidad esencial entre la idea de izquierda y la solidaridad, un partido de izquierdas no puede asumir sin contradicción el sistema capitalista, cuyo fundamento está en la competencia individual por el máximo beneficio, sino que ha de aspirar a cambiarlo, a instituir el beneficio público y el bienestar común como principio rector de la organización social. El fracaso de la experiencia comunista -o más bien su derrota- ha llevado a muchos que continúan llamándose socialistas a asumir el sistema capitalista como única alternativa y a renunciar, no ya al marxismo, sino también al socialismo, es decir, a la idea de una sociedad gobernada por la solidaridad, que es lo que define a la izquierda.

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