Un libro homenajea a los diplomáticos republicanos españoles durante la Guerra Civil

8 jun (EFE). Movilizaron a la opinión pública mundial contra el asalto del franquismo, pero fracasaron en su objetivo principal: romper el vacío que hicieron los gobiernos occidentales a la España republicana en la Guerra Civil, refiere el profesor Ángel Viñas en su libro sobre los olvidados diplomáticos de la República.

“La República no necesitaba hombres, aunque fueron bien recibidas las Brigadas Internacionales. Precisaba material de guerra, que nunca llegó, porque las potencias occidentales, salvo México, se negaron al unísono a suministrarlo”, explica Viñas en una entrevista con Efe.

Este historiador, economista y diplomático español es el director del libro “Al servicio de la República. Diplomáticos y guerra civil” (Editorial Marcial Pons) un estudio de ocho expertos, entre ellos el propio Viñas, que ofrece una visión novedosa de ese trágico periodo de la historia española.

Este libro, destaca el historiador, parte de una idea del actual ministro español de Asuntos Exteriores, Miguel Ángel Moratinos, y pretende “recuperar los nombres de esos diplomáticos que sirvieron fielmente al Gobierno de la República y reponer su honor y dignidad” en el marco de la Ley de la Memoria Histórica vigente en España.

Hasta ahora, señala Viñas, se sabía en términos generales que la República atacada por las fuerzas rebeldes disolvió la carrera diplomática y que, tras el masivo abandono de funcionarios, tuvo que rehacerla “con apenas 37 diplomáticos, de un total de 390, es decir, menos del 10 por ciento”.

Hasta ahora se desconocía, añade, “quiénes formaron los nuevos batallones de a pie de la diplomacia republicana”, unos hombres que se vieron obligados a defender la legalidad en un ambiente hostil internacional.

“Esta reducidísima plantilla pondría en marcha la gran estrategia de política exterior de la República, que estribaba en romper en la medida de lo posible la ‘no intervención’ de países supuestamente amigos”, es decir, “la imposibilidad de obtener apoyo político, diplomático y de material”, agrega el catedrático.

Para poner peor las cosas, siete de esos diplomáticos eran agentes dobles -explica Viñas- y pasaban información clave a las fuerzas del general y futuro dictador Francisco Franco.

Sin apenas medios, los diplomáticos republicanos (muchos de ellos muy jóvenes y sin experiencia, tras cubrirse a marchas forzadas los huecos que dejó la desbandada inicial) volcaron sus esfuerzos en las Embajadas de aquellos países donde se podía obtener armamento.

El libro dirigido por Viñas subraya la importancia de las labores desarrolladas en Londres, Washington, París, Praga y Berna, aunque los resultados no fueron los deseados.

En Gran Bretaña, por ejemplo, “desde el año 1935 se miraba con hostilidad a la República. Hostilidad que no se manifestaba de forma abierta, pues las relaciones siempre fueron correctas”, comenta.

Sin embargo, “había un mar de fondo adverso detrás, logrado por conspiradores españoles, civiles, que minaron las posiciones del Gobierno republicano e intoxicaron a los británicos”, agrega Viñas.

Esa propaganda adversa contó además con las “mentiras” lanzadas por el propio Gobierno de Londres a sus súbditos, “siguiendo sus intereses nacionales, donde no había sitio para la República española”.

En el caso de Francia, “era más complicado”, y aunque hubo algunos acuerdos para el suministro de armas por parte del Ejecutivo de Leon Blum, éste “no quiso arriesgar la posición delicada de su Gobierno, que dependía mucho de la ayuda británica”, dice Viñas.

“La República española pudo haber sido el aliado natural de Francia y así lo querían muchos políticos de ese país”, pero “el error de Blum” no contempló que Francia “podía quedar encajonada entre dos frentes”, el franquista y el nazi.

Además de la exitosa movilización a favor de la República de la opinión pública internacional, sobre todo en los ambientes intelectuales, los diplomáticos republicanos lograron otra victoria aparente: el respaldo a su causa de la Unión Soviética, que, en realidad, hacía su propio juego.

La URSS “apoyó a la República porque quería demostrar a las potencias fascistas que cualquier agresión sería contenida por las armas”, señala Viñas, quien ha dedicado ya cuatro libros a estudiar la participación soviética en la Guerra Civil.

“No nos engañemos, los republicanos se habían quedado sin ejército, sin cuerpo diplomático y sin servicios de inteligencia. Hubo que montarlos de nuevo y los únicos que podían hacerlo entonces eran los soviéticos”, de igual forma que en el campo franquista habían hecho los nazis “y nadie se tira de los pelos” al corroborarlo, concluye Viñas.

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